12 sep. 2015

Cuento 1557

I
Despertar.
Simple. ¿Es “realmente” simple?
A veces, lo cuestiono. Abrir un ojo, los dos, eso es simple, pero despertar…no creo que lo sea, al menos, no tenemos consciencia de lo azaroso que es, de lo complicado que puede llegar a ser, permítame corregirme sobre el segundo; creo que todo es azar. El despertar, es como la ruleta rusa. Nunca se sabe cuándo tocara el orificio cargado. Nunca se sabe, si el mañana estará ahí, de pie, esperando en nuestra puerta, en nuestra ventana.
Nunca hay certeza.
Quizá, quien venga hoy a levantarme del hermoso y placentero sueño, no sea el día, no sea el sol, quizá, sea la dama de blanco, o de negro. Y el sueño se perpetuara por los siglos.
Y luego, una vez arrancado del colchón que me sostiene y llevado a ese lugar, que me contiene, que me “guarda”.
Un lugar para que los domingos soleados, alguna gente, si es que ha quedado alguien, adorne con flores, y moje un poco el colchón de césped, así, para que luego  por encima nuestro pasen las aves, los borrachos melancólicos, y algún que otro animal atraído por un verde tan vivo, que irónicamente, cubre algo tan muerto.
Y la ironía, jamás termina; ignorado en vida, amado bajo la tierra, al menos domingo de por medio, hasta que el domingo o cualquier otro día, tenga algo más interesante que hacer, y así, como todo, se transforma uno, en…Nada, si, otra vez, Nada.
Hermoso.
Si bien me he salido un poco de mi tema, era lo que esta cabeza deseaba contar.
Desperté hoy. Punto.

II

Fría mañana de un invierno que se hizo desear, recuerdos somnolientos de otros amaneceres, muy, pero muy similares a este. Odiosamente similares.
En unos minutos más, habré salido de este lugar.
El abrazo de un frio tajante, me agrada, me recuerda que aun siento algo.
Detrás dejo mi habitación. Me dirijo pesadamente hacia la puerta que me absorberá, por completo en una sociedad cuyas piedras fundamentales son el odio, la traición, la indiferencia, la violencia, la muerte.

Aquí vamos, no comparto estos fundamentos, pero soy, lamentablemente parte de esta sucia sociedad.
Caras fantasmales, caras demacradas y ojerosas, temerosos, irascibles, violentos, idiotas vertebrados, que no saben que pueden pensar por sí mismos, consumistas imparables, adicciones sociales, y en medio de todo eso, reina la química, viven, vivimos a través de ella, nos acompañan durante el día y nos arropan por la noche.
Aquí es pertenecer a algo o ser nadie.

No les tengo pena, no les tengo odio, simplemente continuo por la vereda de enfrente. Prefiero no ser a nadie, a ser un temeroso imbécil preocupado por todo, aun cuando no existe problema, la preocupación surge por un único motivo, el “vacío”.
¿Es para reír no?
El vacío, somos animales, nuestro instinto nos lleva a buscar otros hombros donde llorar, otros brazos que nos carguen, ya que no podemos soportar lo inevitable de la soledad, no soportamos que nadie sostenga nuestro cuerpo, cuando inevitablemente, comenzamos a caer.
No soy más que nadie, yo estoy cayendo, pero no me interesa buscar que me sostengan.

Fracaso cada vez que, sin ganas, intento sumergirme en esta devastadora ola de gente.
III

Esta vez, me dejo divagar, me dejo equivocarme un poco más que lo normal, y en lugar de traspasar la puerta de cristal que me separaría por unos momentos de este extraño cuadro dibujado hoy, continuo el paso.
Recorriendo viejos baldíos, otras calles, me golpean viejos recuerdos, y quizá algunos, no tan viejos, otros, inventados, seguro pertenecientes a algún sueño; de esos que atacan aun despierto.

Son tan fuertes que siento los aromas, en mi piel puedo sentir el sol, y aquí hoy, el frio corta la piel.
El sol ahí afuera tibio, cobijador, calentando de a poco la carne, pero una vez dentro de esa vieja casa, pintada de colores tan gastados, tan grises, el tiempo también ha jugado con ellos pincelándolos con amarillos y rajándolos en algunos lados, ingreso, y el frio de la casa, puedo decir, cala los huesos.
Afuera, calidez, y aquí dentro, un frio que me quiebra.
No es el frio me repito, es el terror de caer en el recuerdo, ese que tanto esfuerzo puse en borrar.
Ridículo, pero verdad.

Me escapo de esa casa pintarrajeada de verdes, grises y musgos, y voy cayendo en un trance que no entiendo.
La gente desaparece, el día se parte y mi cuerpo ha perdido las fuerzas, solo quiero caer al piso y arrastrarme.
Y de un momento a otro, dejar de hacerlo.

E.I.

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