Temprano, demasiado, para un día no tan especial, ni tan diferente a los demás.
Casi sin darte cuenta, inmerso, ya estas, en la multitud.
Puedes sentirte menos que nada, más que todo (eso nunca ha sucedido aun).
Pensar y luego existir dicen, bueno, en nada pensabas cuando despertaste, no existes entonces, por suerte.
Inadvertido caminas entre ellos, esquivando a cada uno que se acerca demasiado, no quieres rozarte, mucho menos, chocarte con uno de ellos. Y mucho menos aún, tener que hablar, ya sea para ofrecer o aceptar una disculpa.

Caminan en línea recta, quieren destrozarse, ojos en sus objetivos y a empujar todo lo que se interponga. Indiferentes rostros. Miles.

Los aborreces, a todos, y luego recuerdas que eso no está bien, que odiar, es también un sentimiento, y tú no has de permitirte sentir nada, ni siquiera odio, tan solo debes ignorarlos, borrarlos.
Así, la calle, se hace más amena, menos depredadores, quizá hay varios ocultos, pero temerosos de mostrarse, ya que no perciben temor, estos seres huelen el temor, pueden diferenciar en este hormiguero de gente, a aquel que es diferente, que piensa diferente, al que dentro su cabeza canta y sueña.
Lo perciben, lo buscan y solo desean destruirlo, apagarlo.
Entonces solo caminas, solo te mueves, y su imagen se ha apagado con el día.

En los utópicos sueños, puedes sentir, puedes preocuparte por la persona que olvidas cada mañana, en ellos eres más libre, dejas a un lado ese fuerte deseo de soledad, y te muestras tal y como eres, a este monstruo de cientos de cabezas, a esta sociedad enferma.

Pero esto no es sueño, es la maldita realidad, con sus apagados ojos que todo lo cuestionan, con sus frías manos que todo congelan, todos esos corazones de hielo, todas esas mentes petrificadas.

No puedes responder hacia donde te diriges, hacia donde nos dirigimos todos, pero sabes que alguien ha marcado los caminos, tu pensamiento de libertad repica en estas jaulas de cemento, es un grito desgarrador. Te preguntas si estas más cerca del infierno que del cielo, te preguntas si estás loco, o todo es natural. Que quizá, este es el infierno, el día a día, el abrir los ojos cada mañana, la repetición, el dolor que causan los espejos, quizá, la suma de todo, es el infierno, el castigo.
¿Y el cielo, existirá?

Recorres las calles, te provocan nauseas, en ocasiones te mareas y caes, los recuerdos agobian.
Esos lugares amarillos, que nos recuerdan que ya no estamos, que nadie está allí, y esos papeles cada vez más desechos, grietas obscuras que siguen allí, y crecen. Todo eso, cansa.
Nadie ofrece una mano para aferrarse, nadie ayuda a recuperarse de la caída, nadie lamerá las heridas, nadie ofrecerá su hombro para que llores.

Las dejas sanar solas, y las marcas servirán para recordar que debes apartarte de todo (todos), y que solo debes quedarte con tus sueños, allí nunca podrás ser encontrado ni dañado, allí podrás “ser”.
Y los que han sido derrotados por las malditas calles, no se preocupen, en tus sueños, aun podrán ser (o algo parecido).
Solo necesitas ocultarte bajo las sabanas, en la silenciosa y apacible obscuridad de tu habitación, embriagarte de sueños, y todo listo, ahí podrás encontrarla y decirle que cuidaras de ella, que la derrota no importa, que los ángeles que la cuidaban quizá ronden por aquí, y tal vez puedan llevarle lejos de los caminos pedregosos, y tu iras detrás ella durante todo el camino, eterno camino.


E.I.

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