8 may. 2008

No muy lejos de aquí,
no más allá de lo que tus pobres ojos ven.
Esquinas de tierra,
aves revoloteando locamente sobre cosas,
no distingues, ven, acércate.

Carne devorada,
huesos molidos,
fuertes dentaduras, las culpables.
Tu vomito da respuesta a quien pregunte,
tu rostro se descompone, facciones de terror.

Haz tus votos ahora mismo,
arrodíllate, toca tu tierra,
la que te trajo, la que te arrancara de ella.

Arrancas tu lengua,
devoradores animales se lanzan sobre la roja sangre,
abres tu pecho, destrozas tu corazón,
admiras ese último latido,
la última imagen,
la que impregnara el iris de tus ojos.

Un momento,
pequeño, antes de morir,
ves que tu abdomen alberga algo,
despedazas tus entrañas,
arrancas tu carne,
y allí, duerme, una vida

Se acaba el tiempo,
y los famélicos animales asechan,
coges una diminuta pierna,
y lo arrojas lejos, lo más lejos posible.
Los gritos de dolor y los aullidos endemoniados
son callados por los llantos de una vida.

Final de tu dolor,
sacias el hambre de las bestias,
eres solo partes de lo que fuere un ser,
mientras que allá, no demasiado lejos,
el llanto, ahuyenta a las fieras.
No se atreven, sus olfatos no encuentran ese olor,
el olor repugnante de tantas maldades.

El mundo ha sido devorado,
pero aun resuena el llanto.
Niño, naces inocente,
nada sabes de dañar.
Pero crecerás y las fieras estarán esperando por ti.

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