Purpuras, violetas, grises, negros,
resacas de algo que fuere color piel.
Ojos blancos, dormidos, perdidos.
Secreciones.
Espectador, nauseabundo, petrificado.
Roca.
Sol muerto.
Aves, metamorfosis, murciélagos.
Apagado el último vestigio de luz,
colores, aun, más obscuros.
Ave negra en el borde de una amplia ventana,
recorre el cuarto. La nada.
Fuego de vela. Eso es todo.
En disimulado movimiento llega al borde de la cama.
Corto vuelo y sus alas acarician aquello que una vez piel fuere.
Devora blandos ojos.
Consigue, antes de ser alimento,
una última mirada al lugar, al paisaje.
Se ha devorado el ave negra, tu visión y algo de tu alma.
Ave de negras plumas y brillosos ojos, que devora, pero no entiende, esta es su razón.
En siniestro vuelo, huye por la ventana.
En renegado aleteo, irregular, cae.
Ave negra, tierra, criaturas alrededor.
Agonizante final, para ambos.
Si aquellos agonizantes aleteos fuera gritos,
aterrorizarían a cualquier mortal. Sus almas.
Paisaje ensordecido.
Sangre.
Y así, el último aliento.
Ave negra, no lo sabías.
Ave negra, has devorado la muerte de un hombre.
Ave negra, ahora posas en el hombro de aquel.
Ambos están ciegos.

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