3 ago. 2013



La memoria no engaña,
las heridas de la carne lo confirman,
la bestia muerta a mis pies
dejando su salvaje vida allí,
en su sangre, otras vidas,
devoradas por su feroz e insaciable apetito.

Caigo rendido,
seco mis ojos y busco al que me ha salvado
el que me arrancado de las garras de la muerte.
Esta aquí, tumbado,
detrás de mí.
Respirando veloz,
dolido y sangrante,
tendido en el negro piso.

Lo limpio de manchas de lucha.
Con la humedad de mis ojos,
intento limpiar sus heridas,
lo abrazo, lo llevo en mis brazos,
mi respiración me abandona
para dar paso a un llanto profundo,
mi alma se escapa por mis ojos.

Me invade la angustia,
en cuanto siento cesar su respiración,
me destruye por dentro,
ya no es posible siquiera caminar,
este es el final de nuestros caminos,
una vida arrebatada más,
el culpable solo yo,
nunca he apreciado vivir,
hoy me han devuelto aquí.

Solo puedo irme,
sus filosas garras serán la mejor manera,
cuando dispuesto estoy a unirme a él,
un frio húmedo,
en mi cara, en mis manos,
es ahí,
cuando despierto y descubro con alegría que todo ha sido un sueño,
el está ahí, a mi lado,
yo aquí, llorando en sueños.

Cuando creía que solo me encontraba,
aquí estoy,
acompañado,
y aprendiendo que hay algo bello en vivir.

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