Pedias
Que pedias a gritos, siempre,
el oído gentil, que en mí,
no ha sido otorgado.
Que pedias a gritos, siempre,
esa mano sanadora,
que a mí,
como simple mortal,
no se me ha otorgado.
Que llorabas, y entre mar y mar,
liberándote del ahogo,
dolorosamente,
pedias, por el hombro,
esa parte del cuerpo
que sostiene la cabeza del que cae.
Me pedias,
cosas que no tenía,
y si allí estaban,
mi ignorancia me impedía reconocer.
Te he ofrecido mi oído,
te dado mi mano,
mi hombro es tu almohada,
mi cuerpo es tuyo.
Pero a ti, no te servía,
en el principio
era alguien útil para ti,
luego,
volaste demasiado alto,
y yo,
encadenado aquí.
Pues mi cuerpo vuela solo de noche,
cuando entre líquidos y risas,
caigo rendido,
más al tajante rayo de luz
despierto,
y la realidad me despabila
de un solo golpe,
certero golpe.
Te he dado,
tanto, y más,
he cambiado las agujas del reloj,
tanto que ya no me reconocía,
salvo en mis sueños,
ahí, estaba yo, el verdadero.
Me absorbiste,
me dejaste tirado en costado del camino,
solo,
mi sombra y yo.
Me queda lo bueno y lo malo,
me queda tu sonrisa antes de la caída,
me queda una lágrima en alguna parte del corazón,
te imagino como antes,
antes de que los demonios te engañaran,
antes de que tu ser,
se distorsionara en tu espejo.
Desgarrado hasta los huesos,
regreso entre mis huellas,
mi sombra, no me respeta,
se ha ido por allí,
el viento susurra secretos,
el sol corta mi piel,
y entre todo, y nada,
mi maldita imaginación,
que te recuerda,
que te trae una y otra vez.
Moriré, con tu imagen.
Me llevare tu retrato,
y llorare a escondidas,
cuando veo cómo has clavado
ese, tu último puñal.
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