Hogar dulce
La noche, cae violentamente sobre el viejo pueblo, una
carrera perdida, las negras alas, moviéndose cada instante más veloces, a
medida de que intento arribar antes que ella al infecto lugar, escapando
desesperadamente de los frenéticos demonios que ya comienzan a golpear.
Cae la bella noche, he llegado un poco tarde, pero no
significa nada, encerrado en lo que fuese alguna vez la casa que me vio llegar,
entre gritos y asquerosos fluidos. Aquí, encerrado, por mi propia voluntad. Aun
cuando recorro el jardín, los dispersos verdes, el encierro, el ahogo, es el
mismo.
Encerrado entre cielo y tierra, entre infierno e infierno
(no, no me equivocado, infierno en cada lugar, en cada espacio, donde se pose
la mirada, almas en llamas. Caronte saluda, Cerbero me lame la mano).
Es allí cuando el recordar me abofetea y despierta, aquí los
demonios son aún peores que aquellos que se relamen allí afuera, con la
diferencia, que los que aquí habitan, me conocen desde que fui parido,
escupido, a esta vida. Me conocen, los conozco, conozco sus engaños (igual continúan
nublándome), se cuántas púas tienen sus látigos, pero si hasta se cuanta sangre
derramare en este piso, aun manchado de viejas laceraciones, este piso que me
sostiene, este suelo que me abraza cuando el desmayo es inminente. El dolor
tiene un límite.
¿La locura también?
A vos que lees, no soy un cobarde, no le temo al dolor,
no es el dolor físico el que me preocupa, por si no lo sabe, existe otro aún más
poderoso, capaz de doblegar al más duro de los duros. “No hay tiento que no afloje”.
Este dolor, no lo cura un ungüento, una pastilla, no.
Debe soportar como un hombre. Hasta desvanecer. Lo espero bebiendo un café,
junto a un cuarto de mi bebida amarilla, y un humeante y hediondo trozo de
tabaco.
¡Sabe!, creo que lo espero y deseo. Me recuerda que estoy
respirando por solo un momento, y a su partida, el placer, el de no sentir absolutamente
nada, ni siquiera el pisoteo de la vida misma. Ni la muerte me acongoja. Puedo morir
tranquilamente después. O vivir.
Estos espectros, quizá sean tan cobardes como lo soy yo;
esperan la noche, el momento justo, se ocultan en espejos, paredes, debajo de
mi piel.
Al menos este cuerpo se muestra. Duermo con ellos, con
ellos me reincorporo, y juntos nos movemos.
Estaré aprendiendo a apreciarlos, creo, ya que,
cometiendo la estupidez de mirar hacia atrás, son los únicos que me acompañan,
en las malas y las peores.
Y ahora comienza la risa, estos pensamientos, este licor
que se mueve tan deprisa.
Comienzan a girar las imágenes, se integran los aromas
(el pasado tiene olor, que porquería), las voces (se eriza mi piel).
Y se incrementa mi odio, mi bronca, en qué lugar de mi estúpida
cabeza guardo todo eso, por Dios, tanto tiempo,
tantas porquerías en el cuerpo, todo para olvidar, y ve UD. es todo
mentira, me he engañado durante tanto
tiempo, está bien que no me dejes conocer mi futuro, pero maldita sea, al menos
déjame olvidar, borrar mi pasado, eliminarme.
Ese pasado, incansable, siempre detrás, siempre destruyéndolo
todo. DIOS!!
Dudas, dudas, y más aún, malditos fantasmas o demonios, ¡que
buscan aquí!
Me toman de las manos, me toman en mis sueños, me acercan
al precipicio y me lanzan.
Caigo, caigo eternamente, solo el despertar detiene mi caída,
y continúo cayendo, aun, sobre mis pies.
Chilla la oxidada puerta que me abre paso al exterior,
miro nuevamente hacia atrás, estúpidamente cometo una y otra vez los mismos
errores, ese “detrás” que quiero olvidar, me persigue, tan pero tan
apasionadamente, y entiendo que lo estoy alentando cada vez que mira hacia atrás;
cada vez que me sumerjo en el exterior, antes, la estúpida cabeza mira hacia atrás,
esta puerta, guarda el pasado, solo eso, el presente muere, y por supuesto, el
futuro…, nadie sabe nada de eso. El futuro son solo círculos en un almanaque o
notas pegadas en algún lugar, eso, es el futuro señor.
Todo se repite, todo vuelve a ser, como siempre. Excepto
por una simple cosa esta vez.
El despertar no fue bajo el golpe de la luz, engañado por
estos engendros, la puerta chilla, y puedo ver la nada y la oscuridad, el
cuerpo se congela y se dobla, todos esos demonios están allí, asechando, en
menos de un abrir y cerrar de ojos, una tormenta de ellos me atraviesa, me
despedazan, cada uno toma su premio. Y por supuesto, miro hacia atrás, la
puerta chilla por última vez, se ha cerrado. El día no llegara, una eterna
noche invitada a esta casa no lo dejara entrar; aun aferrado a la vieja manija
de esta puerta estoy, esperando el torbellino de locura, sé que están saboreando
su momento, su tan esperado momento, y yo, yo también.
Me he preparado para esto, pero el temor me consume de
todas maneras, me consuela saber que dejare por siempre los recuerdos, que
dejare de ser el ente muerto caminando entre los vivos, que dejare de
desperdiciar este aire para que otro lo pueda tomar, espero, tiemblo, y espero.
Las primeras lanzas comienzan a clavarse en mi pecho, un
maldito recuerdo por cada una de ellas, y la tormenta comienza, elevado en
feroz torbellino me deshago, ni siquiera he de volver al polvo, de ese que
dicen que venimos.
No más temor, no más demonios, ni vivos haciendo de
ellos, no he muerto yo, sino Uds. malditos vivos sin destino, mi verdad fue
entregada mientras nadie la oía, ahora, seré parte de quienes los acosen y los
derriben a un precipicio de locura.
El final brilla, es tan fuerte, tan seguro, feliz, estoy
feliz, he matado a mis demonios, malditos, los he despedazado, se han llevado
mi pasar, pero eso jamás me había importado.
La noche se aleja, puedo verla, pues viajo con ella, nada
recuerdo ya, creo que lloro, pero no lo creo.
Me alejo con mi amiga la noche, y ya no temo, no
lloro, no tiemblo, ya no odio, ya no escribo….
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