Loco

El Loco, o no, sí señor, en mayúsculas, porque este Loco, no se hace, y aquí aplica la gastada frase, “locos los otros”.
Él sabe, él lo descubrió, solo, absolutamente solo, el vio la verdad frente a sus ojos, esa que siempre se muestra, pero nadie desea ver, el vio todo, y más, mucho más, y callo, su boca se cerró, para siempre.

El, sentado en su trono de piedras, piedras blancas, tan blancas que el brillo del sol daña los ojos, y lo único para protegerse de su brillo, para no quedar ciego por esos destellos (que aun nadie sabe si son del Loco o de las piedras), es apretar violentamente los parpados y mover la cabeza hacia abajo, de lo contrario, quizá, esto tampoco nadie lo sabe, el brillo, te haga ver la verdad.
Su trono de piedras, algunas filosas, que se clavan en su cuerpo, siendo ya parte de él, se clavan en su espalda, brazos y piernas, la blancura de las piedras se ve manchada por roja sangre que se arrastra lentamente por entre ellas, sangre que el Loco, pierde, pero porque quiere. Y quizás porque estas piedras no quieren ser molestadas por este ser, que tanto sabe de la naturaleza, de la vida.

Así, pasa el día, no se mueve, casi ni respira, por ahí, puede verse una lágrima que va saltando por sus largas pestañas, hasta llegar a su nariz y encontrarse con su destino, deslizarse por toda su cara y mezclarse con la sangre en las piedras. Lágrimas y sangre. Combinación extraña.

Loco, si pudieras hablar, ¡cuántas verdades escupirías!, y todos serian como tú, ¿Locos?, ¿cuerdos?, ¿qué línea es la que divide, puede alguien diferenciarlo?

Sin que nadie lo note, se pone de pie, se dirige a una puerta, la de salida, una vieja puerta construida de puro hierro, completamente oxidada, maltratada por el maldito tiempo, la puerta está abierta, y el, mira y mira, para luego, solo aferrarse fuertemente a las viejas y oxidadas rejas, sigue observando la salida, el otro lado, pero teme, ya que él SABE y los de afuera NO.
Si bien sus labios están sellados, algunos que saben de él y lo que él sabe, desean darle terrible muerte.

Tanta fuerza sobre esas rejas, la carne no resiste y se abre, otra vez, su sangre se mezcla, esta vez con el viejo oxido de la puerta.
Y allí, en ese justo momento ve cual es la verdadera salida, su eterna libertad, no la libertad que los de afuera creen vivir, la “verdadera”, sin límites.
Ya sabe cuál es, la analiza, la estudia, y su cabeza está metida entre las rejas.
Se inclina un poco, y se suelta de golpe de las rejas, surca el aire hasta llegar al filo de la puerta, su cuello toca el óxido, otra vez la mezcla, otra vez la sangre, y estas puertas viejas odian ser tocadas, entonces apartan al Loco de su cabeza, de su cuerpo, así la vieja puerta se ve liberada, y el Loco…también.


E.I.

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