Sabe

Cantaba

y luego lloraba,
sus lagrimas
de manera alguna
mantenían el ritmo
de la canción ya enterrada.

Enfrentaba la noche
se rendía ante el frio
sin saber el camino
de su mano se iba
y la noche
ofrecía sus brazos.

El cuerpo vacío
como esa plaza
en un otoño frio y ventoso
solo los gritos del viento
y los rayones en sus manos
escribe en sangre
pues no sabe
si todo se borrara
o se olvidara.

Natural, real,
no por tanto tiempo
no
otra vez el sol golpea a sus espaldas,
traicionero,
ya la obscuridad es su manto,
allí en el viejo banco
se acurruca y vuelve.

Vuelve
y canta y llora,
pero su vuelta
es el nunca jamás
volver.

E.I.

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