20 ago. 2016

Relato 1704

I
“Calla, calla”, decía tu voz, aquel día, el ultimo que estuviste verdaderamente aquí, callarme no era una opción, no lo era, pues tenía tanto dentro.
Sin embargo, me quede en silencio, solo era tu voz, la calle, y el entorno, completando así, un cuadro digno de destrozar.
Un cuadro de dimensiones grotescas, de pinceladas sin sentido, de una profundidad horrorosa, de colores que no puedo nombrar, pues no los he visto jamás.

Creas caos, aun cuando el equilibrio es perfecto. Solo callo, no por obedecerte, sino porque he quedado petrificado, tu humanidad desaparece, cambias demasiado rápido, demasiado, nunca llegas, nunca te vas, el día la noche, se chocan, la luz la obscuridad, un nudo imposible, mi cabeza explota, vas demasiado rápido de un lado a otro, cortas mi garganta, y en un instante imposible de medir, mi cuello está intacto y todo vuelve, no obedezco tus palabras, solo no entiendo esto, y allí, bajo las lunas y los soles, soy solo una roca, un elemento más, para que tu hagas, lo que sabes, eres capaz de hacer.
En ocasiones, te maldigo. En ocasiones, no puedo odiarte.

Siempre pedias silencio, aun antes de que comenzáramos a hablar, silencio, mi tiempo fue siempre eso, silencio, y ojos cerrados.
Siempre acompañado de tu ausencia, miro a mi lado y allí siempre estabas, ausente, lastimándome, apretando mi corazón, y así, lagrimas malgastadas corrían por mi rostro.
No mereces lagrima alguna.
Permanezco callado, y un discurso se dispara, y se amplifica, mi cuerpo aun resiste, ya veré cuanto más, y las voces repican en mi cabeza, van y vienen, golpean mi boca y golpean con fuerza.
Silencio.
Y tu voz, llenando el lugar, invadiendo los oídos, pero tú no te escuchas, tu no, solo danzas alrededor, y no queremos saber el porqué.

II
No recordaba tu nombre, solo a veces, pues solo esas veces, el moría, y no decide qué hacer con su tiempo, con cada una de sus muertes, el no recordaba nada. Solo tu mano en su cuello.
Bella se presentaba ante él, y le rendía homenaje. Mas luego despertaba y ella se retiraba sin explicar por qué.
Y de su espalda crecían látigos, y espinas que se clavaban en él, y el dolor no era tan malo después de todo. Sentía algo más que el desprecio, algo más que la ausencia.
Siempre absorbido por esa presencia, su locura aumentaba, su excitación también, y la presencia se convertía en una helada brisa.

Los demonios no se compadecen, no, y tú, idiota que no sabes escapar. Y mueres una y otra vez, es tedioso hasta para mí, que tengo que escribir lo que me cuentas.

E.I.

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